Algo que me ha dado trabajar estacionalmente en el oficio de producir vino —seguir el ciclo de la vid desde frentes tan distintos— es esta mirada estacional que, sin importar la coordenada geográfica, se repite.
Las estaciones no organizan mi trabajo. Eso es consecuencia.
Organizan la sensibilidad.
Proponen un modo de estar.
El ciclo no avanza en línea.
Respira.
Y marca su propia espiral.
Entrar en una estación es aceptar el ritmo que propone.
Con los años, esto es lo que se ha ido volviendo claro:
El invierno pide silencio interno, un acomodo estructural profundo.
La primavera pide confianza en lo incierto, en aquello que comienza a desdoblarse.
El verano pide presencia y acción desde la intuición, seguir el pulso de la vida.
El otoño pide agradecimiento con aceptación, digerir la realidad sin negociarla.
Comparto esto como parte de mi bitácora al iniciar un nuevo ciclo estacional, con curiosidad por cómo otros oficios leen y trabajan sus propios ritmos estacionales.
Si nos cruzamos por ahí, será bueno intercambiar formas y experiencias.
Bitácora de Natalia López Mota
